Asamblea general de la CM, día de Retiro
París, 7 de julio 2010

  “LA AUTORIDAD EN LA CONGREGACIÓN”

Se me ha pedido que ambiente este día de Retiro que nos preparará para la jornada de mañana, en la que tendrá lugar la elección del Superior general. Como éste es la máxima autoridad en la Compañía, me ha parecido conveniente ofrecerles una reflexión sobre la autoridad en la Congregación. Por otra parte, creo que el tema nos concierne a todos, más o menos directamente, puesto que todos ejercemos este ministerio de autoridad: los Visitadores son una autoridad en sus Provincias respectivas, los Superiores locales en sus comunidades, los párrocos en sus parroquias, los formadores con aquellos a quienes tienen que formar…, etc.

Todos sabemos que la palabra “autoridad” originariamente significa “crecimiento”. Procede del verbo latino “augere”. Tal vez la imagen de una madre que se desvive por su hijo puede darnos el sentido más profundo de lo que es la autoridad. Es la madre la que hace crecer al hijo engendrado y la que, en un momento determinado, le sabe dar la autonomía e independencia que el hijo necesita para desarrollarse como persona. Cierto, este sentido de la autoridad puede encontrarse en San Vicente. Según él, toda autoridad se da para que las personas crezcan y alcancen las metas a las que están llamadas por Dios. Hay otro sentido de la autoridad, complementario de éste, y que está en relación con las instituciones: a la autoridad corresponde hacer que las instituciones sirvan y alcancen los fines para los que fueron creadas.

Comenzaré mi exposición haciendo una referencia sobre la autoridad de Jesús en los Evangelios; continuaré después por la experiencia y las convicciones de San Vicente, y terminaré por ofreceros algunas consideraciones sobre la autoridad en la Congregación que quiere orientarse hacia “la fidelidad creativa para la misión”.

LA AUTORIDAD DE JESÚS EN EL GRUPO DE LOS DOCE

La referencia a Jesús en lo que toca a su autoridad es absolutamente necesaria, dado que Él no es sólo autoridad, sino la suprema autoridad. Más aún, la única autoridad. “Unus Dominus” (cf. I Cor 8,6). Esto quiere decir que todas las demás son subordinadas a su autoridad suprema. Para San Vicente el modelo de toda autoridad es siempre Jesucristo. Con un gran sentido pedagógico invita a todo superior a hacerse esta pregunta: “¡Señor!, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?” (XI, 429). Os invito a adentrarnos en esta cuestión que nos lanza San Vicente, pero cambiando el tiempo del verbo: en vez de preguntarnos qué haría Jesucristo, podemos preguntarnos qué hizo. El pasado puede y debe iluminar el presente y el futuro. Así, pues, preguntémonos, ¿cómo actuó y como vivió Jesucristo su misión de autoridad en el grupo de los Doce?.

La comunidad de los Doce no debía ser fácil dada la diversidad de mentalidades y temperamentos, las diferentes edades y los niveles culturales distintos. Dentro del grupo, había, por ejemplo, un publicano (Mateo), es decir, un “colaboracionista” con la dominación extranjera. Había también un zelote (Simón), es decir, un “combatiente de la resistencia”. Pedro y Juan, por edad, pertenecían a dos generaciones distintas y, por temperamento, eran bastante diferentes: primario y activo el uno; secundario y contemplativo el otro. Había entre ellos hombres impulsivos e interesados, como los “hijos del trueno” (cf. Mc 3, 17; Lc 9, 49.54), y hasta un traicionero y ladrón (cf. Jn 6, 70). Santiago y su hermano seguramente pertenecían a una familia acomodada, ya que tenían entrada en la casa de Caifás (cf. Jn 18, 15). Pues bien, con este grupo de personalidades tan variadas, quiso Jesús formar la comunidad de los Doce. Este dato bíblico puede ayudar a preguntarnos, ¿cómo alentar la comunión y la misión, respetando siempre la diversidad legítima y la internacionalidad de la Congregación, inculturada en ambientes tan diferentes?. La unidad en la diversidad siempre será un reto que mantenga alerta a la autoridad.

Lo verdaderamente interesante es ver cómo Jesús va creando la comunidad a partir de una forma muy particuliar de ejercer su autoridad, distinta, muy distinta a como actuaban los fariseos y otros dirigentes contemporáneos suyos. De ellos no se dijo nunca lo que se afirmó de Jesús, que nadie había enseñando con tanta autoridad (cf. Mc 1,27).

1. Para empezar, Jesús conoce a las personas y las acepta como son. Parte de lo que son sus discípulos, no de lo que deberían ser, para llevar a cada uno, paulatinamente, a un crecimiento y a una comunicación cada vez más profunda. No los despersonaliza, creando un modelo estándar de hombre comunitario. Ayuda a crecer a cada uno para aunarlos en fraternidad. Pedro, por ejemplo, es un primario que primero hace las cosas y después las piensa. Felipe, un tardo para captar las cosas del Reino (cf. Jn 14, 8-10). A Tomás en crisis de fe no le abandona en su incredulidad. Accede a sus exigencias. Le sale enseguida al encuentro para sacarle de su duda: “Acerca tu dedo y aquí tienes mis manos…” (Jn 20, 2-7). Podría haberle dicho: “Ya tienes suficientes argumentos para creer…”. Pero a Jesús le interesa más salvar a las personas que defender su autoridad. A los discípulos de Emaús, que dudan de la Resurrección de Jesús (cf. Lc 24, 19),  no les deja en su tristeza y desilusión. Se hace el encontradizo y con una paciente y sencilla pedagogía les explica de nuevo el kerigma,“empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (Lc 24,27), al tiempo que les caldea los corazones (cf. Lc 24, 32) para conducirlos hacia una conversión plena. ¿Qué condiciones debe tener la comunidad para que se convierta en un espacio que regenere la vida de los Misioneros? La autoridad, con su misión de animar la comunidad, tiene un papel fundamental en todo esto.

2. En el grupo, Jesús no se reduce sólo a ser el maestro, establece una relación personal de amistad con cada uno de los Doce. Digamos que los va haciendo amigos “confiándose” a ellos, abriéndoles su corazón, creyéndolos dignos de su confianza. “A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). San Vicente, al hablarnos de la relación entre nosotros, se le ocurrió la misma expresión que utilizó Jesús: “como amigos que se quieren bien en el Señor”. Es tejiendo pacientemente una red de relaciones interpersonales como se logra forjar un grupo en el que lo importante no es la vida en común, sino la comunidad de vida. No son las prácticas comunitarias las que cohesionan un grupo, sino la vida compartida con el horizonte común de la misión. Y, evidentemente,  sólo desde aquí tienen sentido y valor las prácticas comunitarias.

3. Jesús gobierna la comunidad desde dentro. Desde una lectura sencilla de los Evangelios, enseguida se percibe que entre Él y sus discípulos hay una distancia infinita. Sin embargo, Él vive en medio de ellos y como ellos. En ningún momento se sitúa por encima de su comunidad, buscando ser idealizado. La autoridad para Él es un servicio de amor. Y va hasta el extremo en ese servicio (cf. Jn 13, 1). Por otra parte, vive la teoría que propone: “Sabiendo que el Padre lo había puesto todo en sus manos…, se puso a lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,3-5), nos dice solemnemente Juan, indicando así que este gesto simbólico de servicio es una característica de la autoridad de Jesús. No cansa a sus discípulos con normas y más normas; más bien les abre horizontes y les muestra caminos nuevos.  Reserva la reprensión cuando algo esencial falla, bien sea contra la caridad, o cuando se manifiestan demasiado mundanos sobre el Reino (cf. Mt 16,23). Su gobierno es, pues, espiritual, no impositivo.

4. Jesús orienta al grupo de los Discípulos hacia la misión. Ante la reiterada tentación de sus discípulos de hacer tres tiendas (cf. Mt 17,4) para quedarse gozando de la presencia física de Jesús allá en el monte Tabor, el Señor les prepara a su ausencia: “os conviene que yo me vaya” (Jn 10,7). El Espíritu, que descenderá sobre ellos en la mañana de Pentecostés, los lanzará al mundo (cf. Act 2) para actuar con la misma libertad y fidelidad de Jesucristo. La comunidad de vida es un camino de creciente fraternidad, pero no es un fin en sí misma: ella es para la misión. La C. 19 nos lo recuerda de esta manera: “La comunidad vicenciana está ordenada a preparar la actividad, formentarla y ayudarla constantemente”.

A partir de la misión (la suya y la de sus discípulos), el Señor les lleva a comprender que su mesianismo no es de prestigio, de poderío y de gloria como el Tentador le quería hacer ver (cf. Mc 1, 12-13), sino de amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Siempre desde la misión que le ha confiado el Padre, les habla con claridad que “debe ir a Jerusalén” y sufrir la pasión (cf. Mt 16, 21). A ellos les anuncia un análogo destino (cf. Jn 15, 18-25). Jesús les muestra la cruz, pero asumida y vivida en esperanza. Así los va preparando para afrontar el conflicto, el dolor y la cruz; dimensiones éstas esenciales a toda vida cristiana.

EXPERIENCIA Y CONVICCIONES DE SAN VICENTE SOBRE LA AUTORIDAD

La autoridad de Jesucristo siempre será una referencia absolutamente necesaria para todos los que formamos parte de la Iglesia. Pero nosotros, como vicencianos que somos, contamos además con la referencia de nuestro Fundador, con una manera propia de vivir y concebir la autoridad. Sabemos que San Vicente ejerció su autoridad de padre y de consejero sobre grupos muy distintos: misioneros, sacerdotes de las conferencias de los martes, Hijas de la Caridad, visitandinas y cofradías de la caridad. Fue superior local y general. Todo esto le dio una experiencia riquísima en el gobierno de las personas, de las comunidades y de las instituciones. Así resume el P. Flores la experiencia de San Vicente sobre la autoridad: “Creo que San Vicente –dice- murió a gusto por haber sido toda la vida buen superior” (M. PÉREZ FLORES, Autoridad, en Diccionario de espiritualidad vicenciana, CEME, Salamanca 1995, 43).

Nadie duda de que San Vicente fue un guía con visión, con carisma. Dice el P. O´Donnell que, prescindiendo de si San Vicente estuvo o no cautivo en el norte de África, siempre le pareció que el paradigma del alquimista le caía de maravilla. Y es que tenía el arte para enfrentar las situaciones corrientes y transformarlas en algo duradero y de gran valor. Por ejemplo, él no fue el primero en predicar una misión popular. Ya existía en su tiempo. Sin embargo, fue él quien la hizo evolucionar, hasta el punto de convertirla en una respuesta válida para ayudar a la gente a comenzar una vida nueva -mediante la confesión general-, para promover la reconciliación entre familias y pueblos, y para establecer una forma eficaz de ayuda al necesitado a través de las Cofradías de la Caridad. Es decir, con su autoridad carismática fue capaz de transformar los ministerios para que éstos respondieran a las necesidades de la gente más abandonada.

Evidentemente no lo hizo él todo. Podemos decir que San Vicente fue un guía con otros o, lo que es lo mismo, que su autoridad no la ejerció en solitario sino siempre en colaboración. Por ejemplo, con Santa Luisa, con el P. Portail, con la Señora de Gondi…Apreciaba y buscaba la colaboración de personas de toda condición: hombres y mujeres, ricos y pobres, de la ciudad y del campo. Confiaba en los demás, valoraba su contribución y esperaba de ellos más que lo que ellos mismos se creían capaces de aportar. Así es el verdadero líder: capaz de inspirar, de mover a los demás para que saquen lo más valioso de ellos mismos en beneficio de los demás, en este caso de los más pobres.

Por lo que se refiere a su doctrina, San Vicente no es demasiado original cuando habla sobre la autoridad. Se limita a seguir lo que decía la teología tradicional de su tiempo:  que ésta viene de Dios; que es prolongación de la autoridad de Jesucristo; que es un servicio; que la autoridad es una mediación y un dinamismo indispensable para la vida, la misión y el buen orden de la comunidad; que su misión principal consiste en guiar las almas a la perfección, etc. Eran ideas bien conocidas entonces y lo son también ahora. Pero, ¿cuál es el pensamiento de San Vicente sobre la autoridad que más sintoniza con nuestros tiempos y con nuestra sensibilidad?

En primer lugar, destacamos una orientación general que vale para todos y que ilumina a todos los que tienen encomendada alguna responsabilidad de gobierno en la Congregación: los superiores tienen que ser firmes en el fin y flexibles en los medios. “Sea firme en los fines y manso en los medios, firme en la observancia de las reglas y santas costumbres de la Compañía, pero apacible en los medios para hacerlos observar”, aconsejaba San Vicente al P. Juan Guerin (cf. II, 252). En otra ocasión, explica así este convencimiento: porque ser invariable en el fin y moderado en los medios es como poseer “el alma de todo buen gobierno” (II, 302). Y tanto el fin como los medios deben estar iluminados por el Evangelio, por las “máximas evangélicas”, en expresión del mismo Vicente. En las Reglas Comunes existe todo un capítulo para invitar a seguir las máximas evangélicas y a huir de las máximas del mundo (cf. RC, cap. II). Lo que debe ser norma de conducta para el misionero, debe ser a su vez orientación de gobierno para los superiores. O dicho con otras palabras: San Vicente siempre invocó las palabras de Jesucristo y su actuación como motivo y fuente de inspiración para acertar en el gobierno.

Tal vez uno de los aspectos más interesantes y más delicados del servicio de la autoridad sea el contacto directo con las personas. No fue San Vicente un superior de ordeno y mando, aunque fue siempre muy firme. Se preocupó, más bien, de motivar y de explicar lo mandado, en definitiva, de facilitar la obediencia, como recomienda ahora la Instrucción sobre laAutoridad y la Obediencia en el número 21. Podemos citar, a modo de ejemplo, la carta que escribió al P. Du Coudray. Este misionero se negó a dejar Roma donde había trabajado en la versión siríaca de la Sagrada Escritura. San Vicente echó mano de todas las razones posibles para hacerle más fácil su nuevo destino, incluso se imaginó cómo los pobres llamarían al P. Du Coudray para que fuera a evangelizarlos. Le da otras razones, entre ellas que su presencia era necesaria para dar peso y consistencia a una comunidad concreta. Al final, San Vicente no le ordena autoritariamente su vuelta, sino que prefiere motivarle para que él mismo tome la decisión: “Venga, Padre, por favor”, termina diciéndole(cf. I, 286-287).

En ese contacto directo con las personas, San Vicente se mostró siempre respetuoso con todos, especialmente con las Hermanas y Misioneros, a pesar de la ironía que algunas veces se escondía en sus palabras y en sus cartas. No toleró que los superiores faltasen al respeto a sus hermanos. En una ocasión un superior tuvo el mal gusto de escribirle que prefería guiar a animales mejor que a hombres. San Vicente le contestó con ironía: “Usted no empleó esa frase más que para expresar su pena y convencerme de que le quite del cargo; así pues, procuraremos enviar a otro en su lugar” (IV, 173). Poco tiempo después, San Vicente le escribió otra carta para anunciarle el nombramiento de un nuevo superior que le reemplazaría en su función de dirigir la comunidad. San Vicente termina su carta recordando al superior depuesto su obligación de ser “el mejor ejemplo de sumisión y de confianza” hacia el nuevo Superior (cf. IV, 199-200).

Vicente siempre dio una importancia grande a la información y a la comunicación, a pesar de vivir en un tiempo muy distinto del nuestro. Todo lo que le llegaba a él, él lo hacia llegar a los demás. En sus cartas se ve cómo informa a las comunidades de los sucesos que las afectaban directa o indirectamente. Estaba convencido que la comunicación creaba sentido de pertenencia. Escribió circulares anunciando, no sólo la muerte de los miembros de la comunidad, sino notificando a la Compañía los éxitos y los fracasos que había tenido en sus empresas. Él vio a ambas comunidades como dos grandes familias y a cada comunidad local como una pequeña familia. Intentó que todo interesase a todos. Favoreció la comunicación dentro de la comunidad: “En cuanto a mi, -son palabras del mismo San Vicente- tengo la experiencia de que, donde la Misión tiene unos pobres hombres, si hay un superior que es abierto y se comunica a los otros, todo va bien” (X, 773). En este mismo sentido, San Vicente se quejó amargamente de un superior que vivía aislado, sin comunicarse con el resto de la comunidad y, peor aún, no trataba con el afecto debido a sus hermanos. San Vicente le llama muy seriamente la atención, le propone renovar la caridad y crecer en humildad. No tiene nada de extraño que San Vicente, con mucha frecuencia, recuerde a los superiores que deben ser humildes, habida cuenta que, además, ésta es una virtud específica de la Compañía(cf. M. PÉREZ FLORES, o.c., 35-43).

Como hemos podido ver, la experiencia y las convicciones de San Vicente sobre la autoridad siguen siendo iluminadoras para nuestro tiempo, a pesar de que él vivió en una época en la que la autoridad eclesial y civil eran indiscutibles y sagradas. Hoy, la autoridad tiene que enfrentar problemas y situaciones que apenas se dejaron sentir en tiempos de nuestro Fundador. Por ejemplo, el individualismo, entendido como la total autonomía de la persona, o como adhesión parcial a la Congregación, a la Provincia o a la Comunidad. El individualismo impide conjugar armónicamente el plano personal y el comunitario, porque los planes personales pasan siempre por encima de los comunitarios y provinciales. Algo de todo esto se apunta en el documento Autoridad y Obediencia, nº 3. En este mismo número se afirma también que el influjo cultural es un factor que ha facilitado la aparición de esta mentalidad. La búsqueda de la realización personal y el bienestar personal a costa de lo que sea, son otras manifestaciones que nos remiten a la misma realidad. Además, el individualismo hoy puede recibir nombres muy hermosos, como por ejemplo, carismas particulares, peculiaridades culturales o procesos personales. Con lo cual la confusión puede ser mayor. Corresponde a la autoridad el discernir dónde están los límites entre la diversidad legítima y el individualismo que anula la vida comunitaria y debilita el sentido de pertenencia. Y, por supuesto, corresponde a la autoridad insistir y recordar el sentido de la misión común, como lo haría sin duda San Vicente de vivir en nuestro tiempo.

AUTORIDAD Y FIDELIDAD CREATIVA PARA LA MISIÓN  

Esta 41 Asamblea general se ha propuesto reflexionar sobre el futuro de nuestra misión, siguiendo las orientaciones de la C. 2. Según esto, es de esperar que después de la Asamblea se hagan esfuerzos orientados a revisar, renovar, adaptar y crear nuestros ministerios, sin olvidar, claro está,  que la fidelidad también nos vincula directamente con San Vicente, su carisma, su herencia y su espíritu. Es necesario, por lo tanto, que nos hagamos aquí y ahora esta pregunta fundamental: ¿cómo deberá ser la autoridad en la Congregación para poder impulsar “la fidelidad creativa en la Misión”?.

Podemos comenzar diciendo que la misión creativa requiere una autoridad más carismática que institucional. Evidentemente, no hay oposición entre las dos, solamente diferencias de matices o de subrayados. La autoridad institucional o funcional está más atenta a promover el fin de la Congregación, según el espíritu de San Vicente, en una verdadera comunión de vida y apostolado, según nos dice la C. 97. El Superior general, el Visitador y el Superior local, cada uno en su nivel, tienen su propio ámbito de actuación, complementarios unos de los otros. La autoridad carismática o de liderazgo proyecta más fácilmente su mirada al futuro y, además, lo hace con confianza, busca ser creativa en los ministerios o, por lo menos, favorece el que otros lo sean, como lo fue San Vicente en su tiempo, según vimos anteriormente. La autoridad carismática está convencida de la necesidad prioritaria de la evangelización y quiere apasionadamente la misión, y la misión entre los pobres como la quiso San Vicente. Para un superior, esto es mucho más decisivo que ser especialista en uno u otro ministerio. Éstos (los especialistas), nunca faltarán, gracias a Dios, pero no suelen ser ellos los mejores para apuntar caminos nuevos o para animar a otros.

Situarse lúcida y apasionadamente en esta fuente de energía, que es la misión, y que resume el núcleo de nuestras Constituciones, lleva sin duda a la creatividad en los ministerios y a abrir nuevos caminos. Éste fue exactamente el caso de San Vicente: la pasión y la urgencia por la misión y la caridad le llevó a poner en marcha mil iniciativas. Pero el motor fue la pasión. Podríamos traer aquí aquel viejo principio cargado de sabiduría, según el cual, “lo que el corazón quiere, la mente se lo acaba mostrando”. Curiosamente, San Vicente dijo algo parecido a un grupo de Hermanas cuando les aseguró que querer fuertemente una cosa es tanto como haber recorrido medio camino para conseguirlo. Tal vez el celo, una de nuestras virtudes específicas, de la que San Vicente habló tanto a los primeros misioneros, hoy haya que exigirla de una forma especial a los superiores de la Congregación.

La fidelidad creativa requiere superiores un poco carismáticos, es decir, personas o líderes capaces de inspirar a los demás para que saquen lo mejor que hay en su interior, en  beneficio siempre de la misión. Porque lo que de verdad influye en los demás no es el poder que tienen, sino su autoridad moral. El poder está vinculado al cargo, al oficio; la autoridad a la credibilidad de la persona. Digamos que la credibilidad es la base de la autoridad moral de un superior. Ésta no la da la patente sino su credibilidad y su autenticidad, avalada por una vida coherente entre su palabra y su actuación. Antes de nada, un líder tiene que ser un testigo que convenza con su palabra, pero, sobre todo, con su vida.

La fidelidad creativa para la misión requiere líderes o guías decididos que apunten hacia delante y con cierta capacidad de riesgo. De lo contrario, la fidelidad creativa podría quedarse sólo en bellas palabras. O dicho en otros términos: todas las orientaciones que van a salir de esta Asamblea no se harán realidad si los superiores no se empeñan en ellas, desde el General, hasta los locales, pasando por los Visitadores.

Hablemos ahora de algunas bases o cualidades imprescindibles hoy para poder ejercer este servicio de autoridad que mira hacia delante y quiere ser creativo. Por ejemplo, el superior debe ser una persona profundamente espiritual. “En la vida consagrada, la autoridad es ante todo autoridad espiritual”, dice la Instrucción sobre el servicio de la Autoridad y la Obediencia, nº 13 a. El proyecto evangélico diseñado por las Constituciones tiene que ser dirigido y animado por personas espirituales. Así de claro lo dice San Vicente en los diferentes reglamentos del superior local. Si los superiores son expertos en uno o varios ministerios, si poseen una cultura extraordinaria en uno u otro saber, o tienen buenas cualidades en la comunicación, tanto mejor. Pero ninguna de estas cualidades puede suplir la más fundamental de todas ellas, la espiritual. De lo contrario, las comunidades, las Provincias y la Compañía pueden convertirse fácilmente en un equipo de trabajo, cuando no en un grupo de intereses y de presión. Evidentemente, un hombre espiritual, capaz de dirigir hombres espirituales, debe cultivar la oración y mantener un contacto directo y frecuente con el Señor. Frecuentemente, Jesús se retiraba a orar, sólo o con sus discípulos, nos dicen los Evangelios. También oró por los que le habían sido encomendados:“Te ruego, Padre, por los que Tú me has dado…” (cf. Jn 17, 9-10). Entre los consejos que Vicente da al P. Antonio Durand encontramos éste: “Debe usted recurrir a la oración para conservar su alma en su temor y amor; pues tengo la obligación de decirle, y lo debe usted saber, que muchas veces nos perdemos mientras contribuimos a la salvación de los demás” (XI, 237).

Otra cualidad que se requiere hoy en la autoridad carismática es su capacidad para discernir. Las Constituciones y la fidelidad creativa empujan a ser creativos en la misión, en la vida comunitaria, en las relaciones personales e, incluso, en la oración. Ahora bien, no se puede avanzar de cualquier manera porque la creatividad debe proyectarse siempre desde la propia identidad y desde el carisma vicenciano. De lo contrario, se podría llegar a iniciativas muy actuales pero extrañas al espíritu propio. Desde este supuesto, fácilmente se desprende que los superiores (vale también para todos los misioneros) tienen que estar dotados de la capacidad para discernir y, por lo tanto, bien impregnados del propio espíritu vicenciano. Hoy más que nunca, se requiere esta capacidad reflexiva porque las situaciones que afectan a las Comunidades, a las Provincias y a la Congregación no son evidentes, sino bien complejas.

Evidentemente, para realizar seriamente cualquier discernimiento se requiere escuchar a los Misioneros y saber dialogar con los laicos que trabajan con ellos. Este intercambio puede ser para el superior una verdadera mediación en orden a ayudar a descubrir lo que Dios pide a una comunidad. El Concilio Vaticano II invita a los superiores a “escuchar de buen grado a los hermanos” (PC 14), y no “ahogar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno” (LG 12).  Sin él no se tiene verdadera garantía de interpretar acertadamente la voluntad de Dios, más aún,  se puede confundir la voluntad de Dios con la propia. “Quien decide algo, sin contar con la persona interesada, aunque acierte en la decisión, se equivoca”, le gustaba repetir al célebre filósofo Séneca. Este mismo convencimiento lo encontramos en una carta que San Vicente dirigió al  P. Juan Guerin: “Reciba el parecer de los dos que han sido nombrados consejeros…”. Las Constituciones muestran que la voz de cada misionero es importante y digna de respeto. Escuchándoles, los superiores podrán captar los movimientos de base que se dan en la  Congregación y en las Provincias, e interpretarlos como una señal en el camino.

Un aspecto importante de la autoridad carismática es su cercanía a las personas o su corazón de “Buen Pastor” (cf. Jn 10, 1-21). Digamos que el más importante encargo que el Señor confía a un superior en la Compañía son los Misioneros. Así lo hemos percibido en Jesucristo y en San Vicente. Por supuesto, esta función de la autoridad está por encima de las preocupaciones de casas, documentos, reglas, proyectos… Un superior que no muestre sentimientos de padre, de madre, y actitudes de buen pastor puede causar heridas en sus hermanos. Lo mismo podemos decir si éstos se sienten valorados únicamente por la eficacia y en función de las tareas que realizan. Las palabras del Papa, dirigidas a los superiores y superioras generales en la audiencia del 22 de mayo de 2006, son bien significativas: “A vosotros, superiores y superioras mayores –les decía- os pido que transmitáis una palabra de especial solicitud a los que atraviesan dificultades, a los ancianos y a los enfermos, a los que están pasando momentos de crisis y de soledad, a los que sufren y se sienten confundidos…”. A la lista mencionada por el Papa, tal vez hoy habría que añadir aquellos que llevan ya unos años bregando en los distintos ministerios. Son personas que se han entregado de lleno y ahora pueden sufrir la erosión del cansancio y una cierta decepción en los resultados.  El buen pastor conoce sus ovejas, se desvive por su rebaño, le procura buenos pastos y vela por su crecimiento (cf. Jn 10, 2ss.). Esta imagen bíblica, tan apropiada para definir la figura del Superior, y que aparece recogida en la C. 97, tiene que hacerse visible y real en la vida ordinaria, a través de la presencia cercana del superior, la estima, el interés y la oración hacia cada uno de los Misioneros, así como la confianza en sus posibilidades. Son todos ellos signos que hablan por sí mismos del corazón del buen pastor del superior.

CONCLUSIÓN

Dice la exhortación Vita consecrata: “En la vida consagrada ha tenido siempre una gran importancia la función de los superiores y superioras incluidos los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión” (VC 43). No hacen falta muchas explicaciones para concluir que todo grupo humano necesita de la autoridad, aunque la forma varíe mucho de una sociedad a otra. Digamos que es un dato antropológico inscrito en la naturaleza y desarrollado en todas las culturas. La revelación cristiana no pasa por alto este hecho, más bien lo confirma. San Vicente nos dice lo mismo a través de una imagen bien sugerente: “Los superiores –dice- son como los pilotos que llevan el barco al puerto” (IX, 859). Puede que,  en algún sentido, la autoridad hoy revista mayor importancia y también mayor dificultad que en épocas pasadas, cuando las estructuras eran fuertes y, por sí mismas, sostenían y ayudaban a la autoridad a llevar a cabo su misión. Hoy las cosas han cambiado. Las estructuras han perdido credibilidad y se han debilitado considerablemente, hasta el punto de necesitar personas sólidas capaces de sostener y de animar las estructuras. Dicho en otros términos: antes los superiores fácilmente eran aceptados y respetados por todos, por lo menos externamente. Hoy esto no es tan evidente de entrada. Además de la autoridad institucional se necesita la autoridad moral, tal vez hoy más que nunca. Y ésta, que no la da el oficio sin más, se conquista a base de dedicación a la misión, de entrega desinteresada y gratuita  y de coherencia de vida.

Seguramente una de las funciones más importante que, en estos momentos, tiene encomendada la autoridad en la Congregación sea la de animar las comunidades, los ministerios, la vida espiritual. Las CC 101, 102, 123 y 129 lo señalan bien para cada uno de los tres niveles de gobierno. Ahora bien, la animación no se improvisa ni puede hacerse a golpes, confundiendo lo esencial con lo accesorio, o dedicando esfuerzos sin metas precisas. El gobierno y la animación requieren una carta de ruta, un plan global, unas metas deseables y unas estrategias concretas. Evidentemente, esta propuesta de animación ha de estar en sintonía, no sólo con nuestro carisma vicenciano, sino también con la orientación que esta Asamblea general va a dar a toda la Compañía para los próximos seis años. Y la orientación tendrá que ver con la fidelidad creativa. Ésta requiere superiores que apunten hacia delante, que tengan una visión de futuro, que sueñen los sueños de Dios y de San Vicente, y se arriesguen a preparar y a adelantar lo que puede ser un nuevo nacimiento. ¡Ojalá que los superiores en la Congregación no se dejen atrapar por una excesiva prudencia institucional que les lleve a mostrarse ambiguos en las decisiones prácticas y tímidos para ofrecer a los Misioneros propuestas evangélicamente audaces!. A nuestro favor contamos con el ejemplo de Jesucristo y la experiencia de San Vicente.

P. Javier Álvarez, CM