Sábado, 3 de julio del 2010
En la capilla de san Vicente de Paúl de la rue de Sèvres
9h, Misa de la fiesta de santo Tomás, apóstol con los participantes
de la 41 Asamblea General de la Congregación de la Misión

Homilía del Cardenal Andre Vingt-Trois
Ef 2, 19-22 ; Salmo 116, 1-2 ; Juan 20, 24-29

Queridos Amigos,

El encuentro con Cristo Resucitado constituye el Colegio Apostólico. Y Tomás, que no estaba presente la tarde de Pascua, se beneficia de un nuevo encuentro para que, de esta manera, ocupar su lugar dentro del Colegio Apostólico. Las narraciones de las apariciones de Cristo Resucitado, manifiestan esta realidad presente a lo largo de todo el Evangelio: es Jesús mismo quien reúne en torno a sí sus apóstoles, y los consolida como un pueblo organizado y construido en torno a su persona.
Para nosotros, quienes no vemos a Cristo, ésta comunión con el Resucitado se vive a través de la experiencia de la Fe. Pero es ciertamente la presencia de Cristo la que construye la Iglesia a través de los siglos como un pueblo original en medio de los pueblos de la tierra. Si la Iglesia es internacional (como lo es su Asamblea General), ella no subsiste simplemente con el ejercicio de una tolerancia mutua o una especie de “Gentleman agreement” (Acuerdo entre caballeros): no se trata de hacer vivir juntos gentes de todas razas, pueblos y cultura quienes aceptarían el no juzgarse, respetarse, y dejar coexistir sus diferencias.

A medida que las distancias geográficas se borran y que las culturas y las civilizaciones se encuentran con más facilidad (al menos de manera virtual por los medios de comunicación) éste arbitraje de relaciones entre los grupos humanos se hace cada vez más necesaria. Sin embargo, la Iglesia no está llamada simplemente a dar el signo de un ejercicio democrático más exitoso y de una puesta en práctica de las reglas necesarias de la prudencia para que los pueblos vivan en paz. Nuestra comunión con Cristo y la Tradición que es la nuestra, nos permiten ir más lejos, como san Pablo nos invita en su epístola a los Efesios: “Ya no somos más unos extranjeros ni advenedizos. Nosotros somos conciudadanos dentro del pueblo de Dios, somos miembros de la familia de Dios. Ya que nosotros hemos sido edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas” (Ef 2, 19-20). Esta perspectiva de un pueblo santo asimilado a una familia nos permite dejar atrás el simple respeto pacífico o la coexistencia tranquila. Ella nos permite entrar en una construcción en la cual cada miembro aporta su contribución a una obra única.

Entonces, hacer progresar la vida fraterna de éste Cuerpo depende del lugar central que nosotros damos a Cristo. Solamente nuestra comunión con el Resucitado nos permite el tener juntos nuestro lugar dentro de la familia de Dios. De esta manera, nuestra experiencia internacional dentro de la vida de la Iglesia es más que una simple yuxtaposición des culturas y tradiciones. Ella es el lugar de generación de una nueva cultura familiar en la cual cada uno aporta aquello que cada uno es, pero de esta manera se descubre una nueva identidad. La esencia misma del pueblo que 2 formamos no es una suma de identidades particulares sino aquella que nos da la comunión en Cristo.

Todo esto no está orientado a una buena regulación de la vida interna de la Iglesia, sino que constituye una dimensión esencial de la misión que nos ha sido confiada. En efecto, desde el día de la Ascensión, los discípulos de Cristo son llamados a conocerlo por la fe, a creerlo sin verlo. Pero, ellos tienen sin embargo alguna cosa para ver: no la persona de Jesús, sino el fruto de su presencia en el corazón de la Iglesia. Las relaciones y los lugares de la caridad, que desarrollamos en nuestra vida eclesial, la construcción progresiva de una cultura familiar dentro de la Iglesia y todas las comunidades que la constituyen, son un signo visible de la presencia invisible de Cristo Resucitado.

La misión a la cual somos enviados no es simplemente el anunciar el mensaje evangélico, ni solamente la persona de Cristo. Hemos sido encargados de volverla visible por medio de las relaciones construidas entre los miembros de la Iglesia. La caridad vivida en el corazón de la comunidad es un elemento constitutivo del anuncio del Evangelio. Es viendo cómo ustedes se aman que ellos comprenderán Quién les ha enviado. Comprender la dimensión misionera de los vínculos que nos unen evita el cerrarnos en nuestros interrogantes internos, y nos ayuda a descubrir cómo la preocupación por la organización de la vida de nuestra familia abra un camino nuevo para la humanidad, que no es solamente un camino de respeto, sino un camino de amor.

Amén.